domingo 31 de agosto de 2008

La hipocresía occidental en el conflicto de Osetia del Sur

Obviamente, al ponerse a escribir a la vuelta de vacaciones es inevitable dedicar unas palabras de pésame a las familias de las víctimas del accidente aéreo de Barajas, y creo además que a menos que se demuestre lo contrario, poco más hay que decir, al menos hasta que se sepa de qué se está hablando y ahora, por mucho que se quiera pretender lo contrario, no se sabe. Si al final se demuestra que ha habido algún tipo de negligencia, ésta no debe quedar impune, pero mientras tanto lo demás es jugar con el dolor y la incertidumbre de quien debería estar recibiendo cariño y respeto, no más dudas. Por una vez los partidos políticos (casi todos, porque lo del portavoz del PSOE en la comisión de fomento es para hacérselo mirar) están muy por encima de parte de la prensa. Sirvan por tanto estas primeras palabras para trasladar mi pésame y mi solidaridad a los afectados por la tragedia.
Respecto a las vacaciones, sin duda han estado marcadas por el enfrentamiento entre Georgia y Rusia. Resulta evidente que todo conflicto armado es condenable, y por tanto vaya desde aquí mi condena sin paliativos a todos los actores del mismo, pero ésta no impide el análisis, o no debe impedirlo, y desde mi punto de vista lo que éste pone de manifiesto una vez más es el doble rasero con que desde occidente medimos nuestros propios actos y los de los demás. Resulta vergonzante que ante el evidente paralelismo que se puede establecer entre este conflicto y el de Kosovo, se defienda en cada uno una cosa y, respectivamente, su contraria. Serbia atacó Kosovo, que le pertenecía, por considerar que era un territorio rebelde que amparaba actividades terroristas, ante lo cual la OTAN intervino declarando abiertamente una guerra a Serbia en defensa de la población civil kosovar. Cuando Georgia ha hecho lo mismo (porque esto lo ha empezado Georgia, no lo olvidemos) aunque sin la excusa del terrorismo, que se sepa, y Rusia ha respondido de igual manera para defender a una población civil que, además, tiene mayoritariamente pasaporte ruso, ya no es una misión pacificadora ni humanitaria, sino un ataque imperialista contra la integridad territorial de un país vecino y ya no es una defensa de la población civil, sino una trangresión del derecho internacional. A los líderes serbios se les juzga por crímenes contra la humanidad (muy bien hecho, por cierto) mientras que al presidente Georgiano por hacer lo mismo no sólo no se le juzga, sino que se debate intensamente sobre las medidas que se deben tomar para protegerle, incluso se propone un tramite especial y acelerado para que puedan entrar en la OTAN en breve.
La lección que se extrae de este episodio es que en el nuevo orden mundial el derecho internacional no es más que el respaldo aparentemente legal que se da a las acciones que emprendan las potencias occidentales, la salvaguarda mediática para que hagan su santa voluntad. No hay ya más regla que esa, como bien claro lo dejó, refiriéndose a otro tema, el defenestrado comisario de la ONU para el Sáhara cuando dijo que todo el mundo sabía que la legalidad internacional estaba de lado del pueblo saharaui, pero que nadie iba a mover un dedo por que se aplicara y que por tanto jamás lograrían la independencia.
Particularmente, trato de permitirme el lujo de ser menos hipócrita de lo que demuestran ser nuestros ilustres creadores de opinión y me permito condenar tanto a Serbia como a Georgia, tanto a Rusia como a la OTAN. Ni se puede bombardear a la propia población civil ni se puede hacer lo mismo para evitarlo, porque los ciudadanos generalmente están bastante más interesados en que no les tiren bombas que en saber quien las tira. Y respecto a la independencia de Kosovo, Osetia del Sur y Abjasia, pues o sí o no, pero para todos por igual.

lunes 4 de agosto de 2008

Solzhenitsin o la muerte de un inmortal

Estamos tan acostumbrados al uso y al abuso de términos como "referente moral" que cuando nos encontramos ante uno corremos el riesgo de no darnos cuenta de que verdaderamente lo es. Si pienso en uno, inevitablemente me viene a la cabeza el nombre de Alexander Solzhenitsin, quien tristemente ha protagonizado con su fallecimiento la página más triste del verano. Ha desaparecido una persona que consagró su vida y su enorme, inconmensurable talento a hacer del mundo, del suyo particular pero del de todos en general, un lugar mejor donde vivir, y además tuvo el extraño privilegio de conseguirlo, o al menos aportar su granito de arena, proclamando su sed de justicia, que nunca de odio y haciéndolo además exclusivamente a través de la palabra.
Cuando anuncié el parón vacacional de este blog, pensé mantenerlo a rajatabla y no romper el silencio a no ser que ocurriera algo realmente importante, y no se me ocurrió en aquel momento un ejemplo que me moviese a hacerlo. La muerte de
Solzhenitsin sin duda lo es y no podía dejar pasar la oportunidad de rendirle un sentido, por modesto que sea, homenaje. Porque leyéndole un día todos fuimos Ivan Denisovich, ojalá para el futuro todos seamos Solzhenitsin, sería la mejor señal de que la conciencia dormida del mundo habría comenzado por fin a despertar de su largo y trágico sueño.