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martes, 20 de septiembre de 2011

Rubalcaba y la soberanía popular

Opina el candidato Rubalcaba, parece ser que imbuido de un espíritu ultrademocrático que desde luego no iluminaba al Gobierno del que formaba parte cuando decidió reformar la ley electoral para obstaculizar (y en muchos casos impedir en la práctica) la participación de los partidos extraparlamentarios en los procesos electorales, que lo que el pueblo aprueba en referéndum debe ser respetado y, en caso de entrar en conflicto esa decisión popular y soberana con el marco legal vigente, éste debe cambiarse. Nada que oponer excepto el sorprendente olvido en alguien que presume de inteligencia de señalar que debe ser todo el pueblo concernido por una ley quien pueda cambiarla vía referéndum, no sólo parte, y esta sinécdoque más que un despiste no puede entenderse sino como un grosero acto de demagogia preelectoral. Cabría preguntarle al candidato Rubalcaba, ya que se muestra partidario de adaptar la constitución a la decisión (perfectamente respetable, por cierto) del pueblo catalán, que hará si posteriormente se convoca un referendum en Galicia en el que se decide, en determinados aspectos, lo contrario. ¿Hay que cambiar las normas comunes cada vez que una parte del territorio decida en referendum algo que entre en contradicción con éstas? ¿Para qué sirve entonces el Tribunal Constitucional o, ya que estamos, la Constitución?
Si lo decidido en el Estatut de Catalunya es razonable y aceptable, nadie debe rasgarse las vestiduras porque se busque la manera de encontrarle cabida en nuestro marco legal, pero porque sea bueno, se sitúe en el camino del interés general y mejore de la forma que sea lo existente hasta ahora, pero no porque la población de una determinada Comunidad Autónoma lo decida en referéndum.

lunes, 11 de julio de 2011

La era Rubalcaba, día dos.

El presidente Rodríguez Zapatero anunció con fanfarrías, clarines y una cierta grandilocuencia que habría un antes y un después del discurso de este sábado del candidato del PSOE a la presidencia, y tras dos días del advenimiento de Rubalcaba, créanme que si a modo de pasatiempo dominical tuviera que encontrar las siete diferencias entre ese antes y ese después, esas dos gotas de agua, no sería capaz de hacerlo. Ahora bien, el discurso fue correcto y el candidato, si hubiese surgido de la nada envuelto en una sugerente nube de vapor de agua modulada por luces de colores cual truco de prestidigitador, sería más que correcto, pero como su aparición la ha hecho desde esa surte de nube de azufre que es el gobierno Zapatero, tanto el discurso como el propio candidato resultan bastante irrelevantes. Porque no parece probable que el castigo que obtuvo el PSOE en las autonómicas y que en puridad hubiese debido llevarse en las generales haya saciado al electorado. Y no es irrelevante por la distancia de la sociedad con los políticos y todo eso que tan recurrentemente decimos como escuchamos, sino que fue el propio presidente quien le lanzó al candidato la carga de profundidad que debía dejar tocado, si no hundido, el discurso de éste, fuese cual fuere, cuando dijo aquello de que no había discrepancia en las propuestas sino que había dos planos diferentes, el del gobierno y el del partido, esto es, que se debe aprovechar para decir en nombre del partido lo que se quiere, que llegado el caso de gobernar ya se hará lo que se debe, o lo que le dejen, que viene a ser lo mismo en este esquema neoliberal en que nos movemos.
Es bueno que se proponga una reforma de la Ley electoral (que este mismo gobierno ha deshechado tras un largo periodo de estudio y reflexión, conviene no olvidarlo), es bueno que se restablezca el impuesto de patrimonio (que este mismo gobierno eliminó) y es bueno, en fin, que se proponga un giro a la izquierda (que anule o compense el giro a la derecha que dio este mismo gobierno: las bases del PSOE van a tener que comprar biodramina para saber a qué atenerse con tanto giro), pero si Rubalcaba es un buen gestor porque ha estado presente en todo lo bueno que haya hecho el PSOE desde Felipe González, también es cierto que ha estado presente en todo lo malo, y no precisamente en un segundo plano, de modo que diga lo que diga, por bueno que sea y por bien que lo diga, adolecerá de ese déficit de credibilidad que comporta encomendar la renovación al anciano de la tribu. Esto de la renovación en la politica es como la virtud en la mujer del César, no sólo hay que serlo, sino hay que parecerlo, y no hay maquillaje en el mundo capaz de presentar a Rubalcaba como algo nuevo.
Pues en este orden de cosas es obligado recalcar que no es esto todo lo que hay, que no es inevitable tener que elegir entre el partido que merece perder y el que no merece ganar, no es cosa del destino que el presidente deba ser de PSOE o PP, hay muchas otras opciones y ahora más que nunca es cuando hay que reforzar la democracia votando no aquello que nos parezca más conveniente como una cuestión táctica, sino aquello con lo que realmente nos identificamos para que el parlamento sea una muestra realmente representativa de la sociedad, y lo sea no sólo desde un punto de vista formal, sino desde uno estadístico. Es más difícil, hay que leer muchos programas, esuchar a muchas personas, y, sobre todo, pensar, responsabilizarse, y no limitarse a la cara y cruz del bipartidismo cuya única ventaja, eso sí, es que es más cómodo. Ya que ni uno ni otro son capaces de dejar que entre el aire fresco, seamos nosotros quienes abramos las ventanas.

lunes, 30 de mayo de 2011

Funeraria Rubalcaba

Raras veces en la historía de la política de este país se ha conocido un intento de lograr un objetivo tan tenaz, intenso, esforzado y voluntarioso como el del PSOE por hacerse el haraquiri. Una vez hecha entrega de la daga a Rubalcaba, sólo falta ver en cuantos estómagos ajenos la clava para tratar de salvar el suyo. Ya se conocen tres, los de la ministra Chacón, la democracia interna y los principios progresistas del partido. Y puede que, a corto plazo, logre atenuar un tanto previsible el batacazo electoral, pero a la larga su designación es un error estratégico descomunal porque puede que las heridas internas que infliga con su daga cicatricen a la larga disciplina de partido mediante, pero la brecha que amenaza con abrirse con su electorado potencial parece más profunda e irremisible que la de la balsa de piedra de Saramago.

jueves, 19 de noviembre de 2009

Europa, España y la calidad democrática

Hoy es un gran día para todos los europeos, la elección de un presidente, como materialización del ideal democrático siempre es emocionante y estoy deseando ir a votar... ¡Ah, no, ya no me acordaba!, que los ciudadanos no tenemos voz ni voto en la elección de nuestro presidente, que por no tener no tenemos ni conocimiento previo de los candidatos, que esta elección es más parecida a un cónclave o a un sanedrín que a un proceso democrático y salvo por la vaga esperanza de que nos quiten de en medio a Moratinos (algo deseable en sí mismo pero no si es a costa de encasquetárselo a todos los europeos, no hay que practicar las patadas para arriba) y con él declaraciones como las perpetradas ayer en la cadena ser sobre Aminatou Haidar: "se le permite realizar todo tipo de declaraciones, incluso de críticas" (¡eso si que es generosidad!), la verdad es que este proceso parece dejar a los ciudadanos europeos exactamente tan fríos como sus dirigentes parecen desear.
Así que podemos centrarnos una vez más en la política nacional, aprovechando que Moratinos nos concede graciosamente permiso para hablar, incluso si criticamos, ya que no conviene despreciar los regalos, por inmerecidos que sean. El asunto más llamativo de ayer, que no el más importante, fue la discusión entre Rubalcaba y Floriano a cuenta de SITEL, una conversación perfectamente normal según los testigos Llamazares y Bono y una amenaza según el testigo González Pons (se ve que hasta para presenciar una discusión influye el carné del partido), o mejor dicho, lo que más me llamó la atención fue la optimista argumentación de Rubalcaba, según la cual no era posible que hubiera dicho aquello de lo que se le acusa porque hacerlo habría sido una "solemne estupidez", como si fuese una aporía que un político cometiera un estupidez. Tiendo a creer la versión del ministro, de quien se pueden poner en duda muchas cosas antes que su inteligencia, pero no deja de sorprenderme que alguien como él, tan experto en estas lides, piense que haya un porcentaje significativo de la ciudadanía que considere a los políticos incapaces de cometer una estupidez. Por norma general, desgraciadamente estamos dispuestos a creernos la más inverosímil de las barbaridades siempre que con ella se perjudique al de enfrente (si el de enfrente es político y de un partido o ideología o equipo de fútbol, ya nunca se sabe, diferente a la nuestra, claro) y, aunque a veces acertemos, así nos luce el pelo.