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viernes, 19 de febrero de 2010

Caca-culo-pedo-pis (y clítorís)

Es un hecho contrastable que para muchos opinadores toda iniciativa del Ministerio de Igualdad es censurable aunque sólo sea por el mero hecho de partir de él, pero cuando la iniciativa incluye palabras que hagan referencia a los órganos sexuales femeninos la crítica se torna encarnizada y de franco mal gusto, sin pararse a pensar, como el caso que nos ocupa (Elaboración de un Mapa de Inervación y Excitación Sexual en Clitoris y Labios Menores; aplicación en Genitoplastia), que el interés aplicativo en medicina reconstructiva en mujeres que hayan sufrido ablaciones de clítoris, tumores u otro tipo de traumas es de grandísimo valor. Se oculta deliberadamente el final del título, aplicación en genitoplastia, y se invocan los más pedestres resabios machistas de la sociedad para descalificar una iniciativa que de generar algo debiera ser el aplauso unánime que merecen todas las iniciativas que redunden en la mejora de las condiciones de vida de los ciudadanos, ciudadanas en este caso, afectados por algún problema de índole sanitario. 
Esta estridente campaña, sin embargo, tiene algo de bueno, que muestra el verdadero nivel intelectual de quienes la protagonizan, en este caso el nivel básico de la risa del escolar ante el caca-culo-pedo-pis. Ante este lamentable espectáculo incluso quienes defendemos la importancia de las políticas de género como algo transversal y no enmarcadas dentro de un Ministerio independiente (por más que la ministra Aído esté haciendo un buen trabajo o al menos mucho mejor que el de muchos de sus compañeros de gabinete, nos replanteemos nuestra posición y empecemos a admitir la necesidad del mismo.
Sirvan también estas palabras para expresar mi solidaridad personal hacia la profesora responsable del estudio, quien ha sido objeto de injustas, primitivas e imagino que dolorosas chanzas por su brillante iniciativa, no sólo porque haya sido profesora mía hace muchos años, sino porque nadie, y mucho menos un científico, merece ser criticado (por no decir atacado) por el simple hecho de hacer bien su trabajo.

jueves, 8 de octubre de 2009

Inmunidad en ojo ajeno, indignidad en el propio

Ayer saltó la noticia del rechazo del Tribunal Constitucional italiano a la ley que otorgaba inmunidad a Berlusconi (y a los demás altos representantes italianos), de lo cual todos nos alegramos porque en nuestra condición de demócratas de toda la vida no nos resulta aceptable que haya ciudadanos diferentes ante la ley y remueve nuestras pulcras conciencias el hecho de que alguien pueda gozar de inmunidad, en el caso de Berlusconi bien podría hablarse de impunidad, y por tanto mostramos nuestra alegría por el buen funcionamiento de las instituciones democráticas italianas, que no deja de ser una gran noticia. Entonces, pasada la euforia, llega el momento de mirar nuevamente hacia casa y releer, por ejemplo, el artículo 56.3 de la constitución del 78, ése que dice que "la persona del rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad", o el 64, que dice que "1. Los actos del Rey serán refrendados por el Presidente del Gobierno y, en su caso, por los Ministros competentes... 2. De los actos del Rey serán responsables las personas que los refrenden". Es llamativa la capacidad de adaptación de los principios de muchas personas, característica que permite asumir como natural en nuestro país lo que es inaceptable en otros, de los que además se habla con irritante condescendencia, porque la igualdad de los ciudadanos ante la ley no es algo de lo que alegrarse porque permita que Berlusconi sea juzgado o no, sino un principio irrenunciable para todo demócrata y el hecho de que Berlusconi sea más o menos honrado o más o menos simpático o decente que nuestro Jefe del Estado, no implica que lo que no vale para uno deba valer para el otro. Y digo más, la inmunidad de los jefes de Estado y Gobierno y presidentes de las cámaras italianas venía dada por una ley ad hoc presentada por el propio Berlusconi, pero la de nuestro Jefe de Estado la consagra nuestra Constitución, lo cual, a simple vista no indica otra cosa que lo profunda que es la herida de nuestro sistema democrático.