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lunes, 17 de enero de 2011

La honradez

Hasta tal punto llega la degeneración de la política en nuestro país que hay quien, como ha sido el caso de Tomás Gómez, se atreve a defender públicamente a una condenada por prevaricación (y a mantenerla en su puesto) no porque afirme que la condena es injusta y por tanto defienda su inocencia, aunque también, sino porque aunque ha sido sentenciada por prevaricación no ha prevaricado en busca de su lucro personal, es decir, aunque en el ejercicio de sus funciones como cargo público tomo una decisión injusta a sabiendas, no robó, y se supone que ello le exime de responsabilidad política o al menos así parece ser para el señor Gómez, quien tan bajo pone el listón de la honradez que si bien casi todo el mundo puede saltarlo es más que probable que más de uno, empezando por él mismo, acabe por tropezar con él.
La honradez que defiende el señor Gómez, la ausencia de latrocinio por así decirlo, es un mínimo exigible a cualquier político y a cualquier ciudadano, por más que viendo los telediarios uno pueda tener la falsa sensación de que no es así, pero es que la honradez es mucho más que eso y quien prevarica (y no digo que Trinidad Rollán haya prevaricado porque conozca el caso, que no es así, me remito sencillamente a la sentencia judicial que lo afirma) no puede ostentar responsabilidad pública u orgánica alguna, al menos en tanto no demuestre su inocencia, algo que no parece haber sucedido de momento. Parece tan elemental que sorprende la numantina postura del candidato Gómez, aunque no es el caso  Rollán lo verdaderamente importante, o al menos no es el objeto de este comentario, sino la pobrísima argumentación del señor Gómez quien no sólo no ha conseguido justificar su acción, sino que ha causado un notable perjuicio a su propia imagen de forma tan innecesaria como inexplicable.

jueves, 25 de febrero de 2010

Los apuros de Camps

Parece ridículo comenzar un comentario diciendo esto pero a veces la incomprensible actualidad obliga: tener dinero no es delito. Hasta Sílvio Rodríguez, ese peligroso neoliberal, decía en una canción "tener no es signo de malvado y no tener tampoco es prueba de que acompañe la virtud". Una vez esto claro, ¿alguien podría explicarme que sentido puede tener la obscena ocultación de bienes del presidente Camps? Y digo esto dando por supuesto que una parte muy notable de su patrimonio no se refleja en esos ridículos 900€ que declara constituyen todo su patrimonio líquido, porque si eso fuera verdad (por más que no sería delito) cabe preguntarse si se puede dejar un presupuesto público en manos de un gestor tan negligente que ganando 80.000€ al año sólo tiene ahorrados 900. No es el único caso, Esperanza Aguirre, un poco menos groseramente, eso sí, ya se lamentó públicamente en cierta ocasión de sus tremendos aprietos para llegar a fin de mes. Debe ser que el cargo de presidente autonómico, oneroso donde los haya como todo el mundo sabe, conlleva que todos los dispendios que tan frecuentemente perlan nuestros periódicos no salen como creíamos del erario público, sino de sus maltrechos bolsillos. Otra cosa no se entiende.
Probablemente si, como otros diputados, hubiese declarado una notable fortuna personal, dentro de unos límites, nadie se habría extrañado. Podría haber atizado envidias, pero no suspicacias, sin embargo el gilisaldo declarado sí que extraña al más crédulo y en buena lógica debe motivar una investigación. Y a todo esto me pregunto, como ya lo he hecho en ocasiones, ¿es que nadie aconseja a Camps? 
En fin, desconozco, de más está decirlo, el grado de honradez del presidente valenciano, como el de tantos y tantos otros, y no seré yo quien le declare deshonesto antes que un tribunal lo de por demostrado, si es que eso ocurre, pero lo que tengo claro es que si su honradez puede llegar a ser cuestionable, no ocurre lo mismo con su torpeza, que esta fuera de toda duda, y las constantes muestras de ello que lleva dando de un tiempo a esta parte bien pudieran haberle inhabilitado para desempeñar cargos públicos de relevancia en un país medianamente civilizado. Que no es el caso, dicho sea de paso.