jueves, 18 de septiembre de 2014

Que se va el lobo



Por si el lamentable espectáculo combinado de alanceamiento y lapidación del toro de la Vega no hubiera resultado lo suficientemente medieval, la ministra de agricultura ha decidido poner su granito de arena en el viaje al pasado que invade las páginas de actualidad anunciando su intención de modificar la directiva Hábitat para, contra todo criterio científico e incluso económico, permitir la caza del lobo al sur del Duero. La idea en sí, aunque a mí me suene completamente extemporánea en cualquier conversación que no contenga también expresiones como “milana bonita”, supongo que es culturalmente tan opinable como cualquier otra, pero para un responsable público la otra parte de la noticia, la que dice que es contraria a toda opinión de todo aquel que haya estudiado seria y científicamente el problema, es la que debería prevalecer. Me es indiferente lo que la ministra opine personalmente al respecto, su obligación es hacer lo mejor para sus representados y su trabajo es privilegiar el interés general frente a cualquier otra consideración, lo que desde luego incluye supersticiones pedestres y arbitrarias.
Leí este verano en el Diario de Pontevedra un interesante artículo en el que se explicaba que antiguamente eran tradición en fiestas los rodeos de delfines, espectáculo sangriento que no sólo ya no se celebra, sino que casi nadie recuerda y, en el caso de ser preguntado al respecto, a la generalidad de los ciudadanos del lugar les repugna. Fue tradición hasta que dejó de serlo para convertirse en atavismo, mal recuerdo o simplemente perderse en el olvido. Así de inconsistente es el argumento de la tradición que pueden esgrimir a su favor (y de hecho lo esgrimen) los defensores del toro de la Vega y no por intelectualmente inconsistente es menos respetable que quien lo considere válido lo utilice. Sin embargo esto de cazar lobos no tiene a su favor ni tan siquiera ese débil argumento. Ni es útil para conseguir el fin que se persigue (la protección de la cabaña ganadera), como demuestra la ciencia, ni lo es desde ningún otro punto de vista, especialmente el económico por no hablar del medioambiental. Si una propuesta tiene en contra los factores científico, económico, medioambiental e incluso ético que pudieran tenerse en cuenta, mientras que a favor únicamente cuenta con una superstición cerril, ¿no es una propuesta que no debería ser tomada en consideración? Pues se ve que no.

martes, 16 de septiembre de 2014

La marca del ombligo



Cuando Borís Pasternak dijo aquello del “poder desarmado de la verdad desnuda”, aunque conocía bastante de cerca eso que podíamos denominar la maldad, probablemente no tenía en mente que el desarrollo de la tecnología nos llevaría a un punto en el que unos miserables desde cualquier punto del mapa pueden decapitar a un ser humano inocente y en cuestión de segundos hacer llegar la imagen de su bárbara degeneración humana a una gran mayoría de los hogares del planeta. El vídeo en si, o los vídeos habría que decir, sin necesidad de más comentario, explicación y ni tan siquiera sin necesidad de visionado, se puede decir que son la verdad desnuda de lo que ha sucedido, pero son lo suficientemente elocuentes como para eliminar el término “desarmado” de la poética definición de Pasternak. Porque son un arma, desde luego no refinada ni elegante pero sí eficiente y dañina. Y siendo incalificables las imágenes, tal vez lo peor de esos vídeos sea el anuncio del nombre de la siguiente víctima, el desalmado luto cautelar al que obligan a familiares y allegados, la hasta hace poco inconcebible situación de no sólo tener que imaginar lo inimaginable, sino de vivir una y otra vez la desgracia antes incluso de que ocurra.
En los términos en que la pensó el poeta, esa del “poder desarmado de la verdad desnuda” es sin duda una gran frase, una gran idea. Pero en los que la crueldad del Estado Islámico me la ha devuelto del recuerdo es dolorosa. Una desgracia que ni los poetas serían capaces de explicar es una desgracia que no debería existir, que nadie debería jamás haber imaginado.
Y nosotros sin embargo a preocuparnos de lo que voten unos señores escoceses pasado mañana o de si se vota o no de aquí a dos meses en Cataluña. Yo no sé qué vemos en nuestro ombligo que tanto nos gusta mirarlo, pero a mí me parece que como todos los ombligos sólo tiene dos posibilidades: o está limpio o está lleno de porquería. Creo que está claro cómo está el nuestro, el de la marca España.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Derechos fundamentales



Dice el señor Junqueras que votar es un derecho fundamental, y lo es, claro, pero falta la segunda parte de la frase: votar cuando se está convocado para ello es un derecho fundamental de los ciudadanos. Pero nadie puede votar sobre lo que quiera, cuando quiera y de la forma que quiera. O a lo mejor sí puede, pero sin el menor efecto legal ni moral. El señor Junqueras, por ejemplo, no puede votar para elegir al presidente de Galicia o al candidato en las primarias cerradas del PSOE, sencillamente porque no tiene derecho a ello. Si se convocase legalmente la consulta que él desea celebrar, algo que no sé si es deseable pero que desde luego no es el fin del mundo, sí que tendría derecho a votar, pero a lo mejor es interesante preguntarse quién tendría igualmente ese derecho. Porque cabe suponer que el censo que se utilizaría es mismo que el de las autonómicas, es decir, el de los ciudadanos españoles empadronados en Cataluña. No se trata pues del derecho a decidir de los catalanes, yo soy catalán y no estaría convocado. Tampoco de los ciudadanos que residen en Cataluña porque no todos tienen derecho a voto por las más diversas razones. Ni tampoco todos los que tendrían derecho a voto serían catalanes, no faltaba más. Por no hablar de que es probable que la única manera de que ese referéndum se convoque dentro de la legalidad es que en él voten todos los ciudadanos del estado español. De modo que el derecho a votar es fundamental, sí, pero con matices. Ocurre lo mismo con las prospecciones petrolíferas en Canarias: sería deseable que se consultase a la ciudadanía y me gustaría votar al respecto, pero derecho sólo lo tengo si me convocan y honestamente creo que llegado el caso tendría el mismo derecho a hacerlo que cualquier canario o, ya puestos, que el señor Junqueras. Porque es un hecho de especial relevancia que nos afecta a todos y sobre el que todos deberíamos poder opinar.
El que no es un derecho fundamental, y ojala lo fuese, es el que debiéramos tener los ciudadanos a no vernos obligados a soportar la demagogia. Una hipotética independencia de un territorio no me irrita, y desde luego, se consiga o no, me parece un objetivo tan legítimo como cualquier otro si los métodos que se usan para perseguirlos se inscriben dentro de la legalidad. La demagogia sí que me irrita, sea la del señor Junqueras y su derecho fundamental al voto, sea la de la señora Esperanza Aguirre cuando dice que a los candidatos los designan los comités correspondientes y que eso es perfectamente democrático pero después admite que esas decisiones las toma Rajoy como en su día las tomaba Aznar. O la de que nos traten de convencer de las bondades de Ana Botella como gestora porque ha reducido la deuda de 7.000 a 4.000 millones de euros. Ahorrar eliminando servicios esenciales y bajando la calidad de los que se mantienen no es gestionar bien, para eso no es necesario ningún talento sino a lo sumo una calculadora. Y aunque fuera cierto, que no lo es, gobernar no es sólo gestionar.

martes, 2 de septiembre de 2014

¿No nos representan?

Era de esperar que un movimiento social con las repercusiones que tuvo el 15M influyese de diversas formas en la vida política, sin embargo que haya sido precisamente el PP quien haya hecho suyo el lema “no nos representan” es ciertamente una sorpresa. Y lo ha asumido en su argumentación de su propuesta de reforma de la ley electoral según la cual los representantes electos de los ciudadanos no tienen legitimidad para tomar en su nombre la decisión de elegir alcalde. Lo que no explican es porqué si no la tienen para eso sí que la tienen para aprobar presupuestos o para todo lo demás. Cierto es que se trata de una decisión sensible y que es deseable que para tomarla se prescinda del concurso de los representantes, pero para darle la voz a los representados y que tomen la decisión directamente en una segunda vuelta. Ambas opciones son legítimas, sustituir la participación de los ciudadanos por una decisión aritmética arbitraria no lo es.
Puede sonar contradictorio que la una decisión sea a la vez aritmética y arbitraria, pero no lo es. En un escenario postelectoral de, pongamos, 100.000 votantes, nos tratan de convencer de que el candidato que gane por mayoría simple en una primera vuelta es el único alcaldable con legitimidad para ocupar el puesto, sin embargo eso se traduce en que un señor que cuenta con el apoyo de 40.000 ciudadanos debe tener un plus de legitimidad frente a otro que tenga, en una eventual segunda vuelta, el apoyo de 60.000. Y eso únicamente porque esos 60.000 en primera vuelta votasen 39.999 a una opción y 20.001 a otra. Es una reducción al absurdo, claro, pero es muy ilustrativa de la filosofía que hay tras la reforma.
¿Y si la reforma es tan buena y tan democrática, por qué limitarla a las municipales? ¿Por qué no prohibir las coaliciones postelectorales en autonómicas y generales? Pues a no ser que se trate de la visibilidad del plumero, no se me ocurre ninguna razón de peso por la que la representatividad democrática de los ciudadanos deba ser diferente en un caso y otro.  
Por otro lado si debiera haber algo sagrado en democracia es el mantenimiento de la proporcionalidad en la representación que se obtiene de las urnas, y sé que no es así porque nuestra ley electoral actual no es especialmente respetuosa con la proporcionalidad y sí con el  favorecimiento de las mayorías. Pero eso no es motivo para cambiar a peor. La ley electoral necesita de una reforma de manera urgente, pero para mejorarla: listas abiertas, eliminación de barreras de mínimos, doble vuelta, primarias obligatorias, en fin, reformas verdaderamente democráticas. Otorgar una mayoría absoluta artificial al ganador de una primera vuelta, que es una de las opciones que parece ser que se barajan (para hacer gobernable el consistorio, dicen), no sólo no es democrático sino que en un insulto grosero y procaz a nuestra inteligencia. Para hacer gobernable una asamblea de representantes, sean de la clase que sean, sólo hay una herramienta y es el diálogo, el pacto. Desde luego no la concesión artificial a una fuerza política de una mayoría absoluta que los ciudadanos no le han otorgado.
Ya que parece que no se puede pedir al gobierno que trabaje para los ciudadanos que les pagamos, al menos cabría pedir que se expresasen con propiedad y que si desean hacer una propuesta de reforma cuya finalidad y cuya inspiración es la degeneración democrática, que no la denominen regeneración democrática. Que es sólo una letra, pero ese sutil trueque ortográfico representa la diferencia entre respetar a la ciudadanía o tomarla por tonta.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

La enfermedad de la gallina


A little knowlwdge is a Dangerous Thing.
Drink deep or taste not the Pierian Spring.
There, shallow draughts intoxicate de brain and
Drinking largely Sobers us again

Alexander Pope


Un poco de conocimiento es algo peligroso. / Bebe profundamente o no pruebes la fuente de Pieria./ Así, al beber a sorbos el cerebro es intoxicado y / el beber largamente nos vuelve sobrios de nuevo. Es interesante lo que nos dice Alexander Pope sobre el conocimiento (del que la fuente de Pieria es metáfora): un poco puede ser peligroso siempre y cuando quien lo posea piense que es suficiente. Si lo miro desde mi experiencia personal, tengo que darle la razón. Yo estudié veterinaria pero no terminé la carrera, de forma que probablemente tenga más conocimientos biomédicos que la media de la población pero sin duda menos que los profesionales del sector, y eso es un drama, porque mis mutilados conocimientos a menudo me permiten reconocer los problemas, pero rara vez me acercan a las soluciones. Tengo para mi que esto es lo que mal que bien nos sucede a muchos con la situación económica, los medios nos han ido entrenando poco a poco en el entendimiento superficial de conceptos económicos que hasta hace poco nos eran completamente ajenos, las explicaciones de toda laya nos inundan a diario y las predicciones, revisiones y alternativas nos acompañan en cada temerario intento de bucear en la actualidad que hagamos, sea por el medio que sea. De esta forma hemos llegado a concebir la ilusión de que entendemos los mecanismos de esa inextricable maquinaria antinatural en que se ha convertido la economía y albergamos así la esperanza de comprender lo que pasa, por qué ha pasado y qué puede pasar a partir de ahora. Pero de esta fuente estamos condenados a beber tragos cortos, el ciudadano medio no puede aspirar a nada más que al menú degustación porque el fundamento de la actual ciencia económica es precisamente que quienes no la manejamos no comprendamos nada. Si llega el momento en que aprendemos más de la cuenta, ya cambiarán las normas. No podemos comprender esta degenerada actividad que es hoy la economía a gran escala porque no es natural, porque no se basa en producir, vender, trabajar y esos conceptos que mal que bien maneja el común de los mortales, sino que uno se hace rico apostando al precio de un trigo que aun no se ha sembrado, al hundimiento de la economía de un país que no se conoce, a la depreciación de una moneda, etc. Las empresas no se enfocan tanto a su beneficio como al de sus accionistas, lo que no es lo mismo ni por asomo, y la actividad económica no se deriva de la intención de atender una necesidad de la sociedad, sino de las ansias de enriquecimiento de unos determinados agentes que no tienen mayor conexión con la realidad que aquellos que debieran controlar su actividad y viven en su mismo espejismo. Hoy por hoy la economía y los gobiernos que se arrodillan ante sus gurús no están al servicio de los ciudadanos, sino que se han convertido en operarios de mantenimiento de un gigantesco espejo ustorio que capta cuanta energía productiva seamos capaces de generar los habitantes de este maltrecho planeta para devolvernos reflejada toda la potencia destructiva que concentra y que, por cierto, parece notablemente superior al beneficio que por otro lado sacan de él.
Temo no obstante que la inmersión en ese universo económico paralelo que vive junto a nosotros parasitándonos haya hecho olvidar a sus moradores una o dos reglas nada complejas, de sencillo sentido común, entre las que destaca el elemental mandamiento de no matar a la gallina de los huevos de oro. Y yo no se a ustedes, pero a mi me parece que ya va siendo el momento de dejar descansar a la gallina y permitirle que recupere la salud, de cesar de exprimirla porque por este método en lugar de oro pronto se conseguirá únicamente zumo de gallina, que no debe ser algo con el menor valor comercial. Aunque seguramente habrá quien se haga rico apostando al volumen de líquido obtenido.

martes, 25 de septiembre de 2012

Indignación y civismo


«La base de la vida es la probidad. Si hay probidad, entonces se tiene todo»
Lev Tolstói


Para quienes llevamos mucho tiempo abogando de forma más o menos pública, más o menos efectiva, por el renacimiento de una cierta conciencia cívica en la ciudadanía, al menos para mí es así, resulta un tanto agridulce la contemplación de la manifestación actual del nacimiento de una criatura cuya paternidad sea achacable menos a la virtud cívica y al compromiso que al populismo, la desesperación y la demagogia. La indignación está bien, es sana y comprensible, pero esta indignación con la que quienes hasta ahora nos creíamos predicadores en el desierto nos vemos sermoneados por ese desierto antes mudo, deja un tanto que desear. ¿Y porqué digo esto? Pues por una razón muy clara, por mala que sea la situación, por indefendible que haya sido el desempeño en su función de los gestores de lo público, nada se soluciona con la única selección de los chivos expiatorios más impopulares y su posterior vituperación en el espacio público. Aunque lo merezcan, que en muchos casos lo merecen. Políticos y banqueros son culpables de muchas cosas, sí, y su culpa es mayor porque mayor ha sido su responsabilidad, pero no hay indignación, proyecto alternativo ni acto de justicia válidos sin asunción de las propias responsabilidades. Es necesario algo más. Decía Herzen que «si tan solo cada persona quisiera, en lugar de salvar el mundo, salvarse a sí misma; en lugar de liberar a la humanidad, liberarse a sí misma, sería mucho lo que haría por la salvación del mundo y la liberación de la humanidad», y en el actual contexto me parece que es una reflexión necesaria. Cierto que la actuación de muchos responsables del dinero público (y del privado) en estos años bien pudiera y debiera hacerles merecedores de una condena no sólo moral, sino penal, pero no es menos cierto que muchos de los que ahora se indignan y piden a voz en grito toda clase de castigos bíblicos para ellos, en la escasa medida de sus posibilidades no han sido más honrados y no hay regeneración democrática posible que no empiece por la base. Está muy bien rebelarse contra un orden injusto de las cosas, pero la fuerza moral para hacerlo desaparece si en su vida personal y profesional no hace gala de una honradez idéntica a la que exige a los demás, y eso incluye no cobrar sin factura, no vender ni comprar pisos con dinero negro, no emplear a gente sin contrato, no elevar artificialmente el precio de las cosas, no fingir bajas en el trabajo, en fin, no poner en práctica ninguno de todos esos comportamientos incívicos y reprobables con los que tan condescendiente se ha sido hasta ahora en esta sociedad. Denunciar los actos impropios que cometan los otros, especialmente si los cometen en nuestro nombre, está bien, es necesario y su conocimiento por el público es imprescindible, pero si no va acompañado de un comportamiento ejemplar propio en todos los aspectos de nuestra convivencia como parte de una sociedad no sólo es hipócrita, sino que será estéril. No es muy popular decir esto, pero tengo mis dudas de que en este país los políticos sean menos honrados que cualquier otro gremio, independientemente de que las consecuencias de sus actos, lógicamente, sean más graves. No tengo nada claro que no tengamos los políticos que nos merecemos, por una sencilla y evidente razón, que tenemos a los políticos que elegimos y nada nos habría impedido elegir a otros.
El comportamiento cívico de todos y en todo (desde nuestro puesto de trabajo aquellos que tengamos la suerte de disfrutarlo hasta la actitud a mostrar en las, por otro lado, legítimas protestas), siempre escrupulosamente respetuoso con la ley y las personas, debe ser la base sobre la que construir una sociedad democrática. Si la indignación es el germen del civismo, bienvenida sea, si es sólo la válvula de escape para la frustración sin llevar un proyecto o al menos una idea alternativa aparejada sólo es vocerío y germen de populismo, de un estado de las cosas mucho peor. Como dijo Thoreau, «si quiere persuadir a alguien de que hace mal, actúe bien. Que no le importe si no lo convence. Los hombres creen en lo que ven. Consigamos que vean»

miércoles, 25 de julio de 2012

La cadena

Vivimos una época curiosa. Sorprende ver cómo todo aquel que tiene alguna responsabilidad de gestión rechaza por injustas y dolorosas las medidas que toman todos aquellos que tienen una responsabilidad mayor que la suya, pero a su vez plantean medidas igualmente injustas e igualmente dolorosas a aquellos que tienen una menor o que, sin tener ninguna, tienen la desgracia de estar bajo su autoridad. Eso sí, declaran no hacerlo por gusto, sino porque no tienen otro remedio.
Ocurre con las medidas que desde la Unión Europea se le imponen a España, que a nadie le gustan pero son “necesarias”. El gobierno español a su vez impone medidas similares a aquellos a quienes puede: comunidades autónomas, funcionarios, etc. Pero no le gusta hacerlo, es sólo que no le queda otro remedio. Las comunidades autónomas, a su vez, asumen el recorte que les imponen y lo trasladan a su vez a las instituciones y personas que dependen de ellas. Tampoco les gustan, aunque haya algunos a quien incluso parecen estar disfrutando debilitando la parte de Estado que les corresponde (un estado fuerte no está en su ADN, no es parte fundamental de su ideología y creen que “adelgazarlo” es lo correcto). Pero lo habitual es escuchar de nuevo que no les queda otro remedio. Estas instituciones, a su vez, aunque algunas de ellas presuman de independencia, asumen esas medidas e implementan otras nuevas de su propia cosecha. No hay otro remedio, repiten cual mantra escasamente musical.
Es curioso que ninguno de los eslabones de la cadena se plante y, con la misma contundencia que emplean para denunciar los recortes que se le imponen desde arriba, se niegue a trasladarlos o multiplicarlos hacia abajo. Es llamativo que nadie encuentre necesario, éticamente obligatorio y parte fundamental de sus responsabilidades buscar ese otro remedio que no creen que exista.
La cuestión es que, llegando al final de la escalera, hay instituciones como por ejemplo las Universidades públicas, cuyos trabajadores sufrimos un recorte cuádruple en nuestras nóminas. Dos por parte de los sucesivos gobiernos que se han aplicado en no encontrar otro remedio, uno directo por parte de la comunidad autónoma y otro (en múltiples formas) de la Universidad.
Y el caso es que a todos estos responsables públicos de comportamiento poco edificante se les elige, se les vota. Su elección es el resultado de un proceso democrático en el que los participantes sí creían tener otro remedio, y ese remedio era precisamente su presidente, su diputado, su senador, su concejal, su presidente autonómico, su alcalde, su rector.
Todos los eslabones de la cadena se equivocan en este proceso, en el sentido de que las medidas que ponen en práctica ni son justas ni funcionan ni, en general, sirven para nada. Pero el error más trágico se me antoja que es el que al principio parecía más inocuo, el de los votantes. Porque nos equivocamos como país con nuestro voto (y no sólo esta vez), nos equivocamos con nuestro voto como ciudadanos de una comunidad autónoma, nos equivocamos con nuestro voto como vecinos de un municipio y nos equivocamos con nuestro voto como universitarios. Pero no nos equivocamos en a quién elegimos, en eso cada cual estará más o menos conforme con su libre elección, nos equivocamos en qué elegimos. Creíamos votar a nuestros representantes y lo que en realidad seleccionamos fue a los defensores de intereses ajenos, a delegados de otros gobiernos, a consejeros de otras empresas, a representantes de otras personas, en fin, a quienes utilizan nuestro mandato representativo para defender intereses que no son los nuestros. Y no albergo la menor duda de que lo hacen de buena fe, de que están convencidos de que es el único camino y de que, transitándolo, nos defienden. Pero no creo que sea así, que quienes nos gobiernan no conciban otro pensamiento que el único no implica que no exista y, por tanto, como ciudadano cada vez menos libre pero de momento aun pensante, expreso mi disconformidad y digo en voz alta que el argumento “no me gusta tomar esta medida pero no tengo otro remedio” no es aceptable. Siempre hay otro remedio, pero se necesita valor en independencia de criterio para aceptar que es así, y en todo caso no conocerlo previamente no es excusa para no buscarlo. Y hasta que no haya alguien que se niegue a cometer con los demás la injusticia que cometen con él, aunque sólo sea por principio, el sistema no funcionará, porque quienes lo gestionan no harán su trabajo.